Leire Frisuelos
En
este best-seller convertido ya en clásico y traducido a multitud de
idiomas, la periodista canadiense Naomi Klein expone su tesis sobre lo
que denomina doctrina del shock económica.
Aunque fue publicado en 2007, poco antes de que estallara la crisis, lo
hemos elegido para abrir este ciclo porque muestra cuáles han sido los
resultados, en la historia reciente, de la aplicación de las mismas
medidas de ajuste que se están llevando a cabo en Europa hoy en día.
La autora de No logo hace un exhaustivo recorrido por
diferentes países que durante la segunda mitad del siglo XX y comienzos
del XXI han implantado medidas económicas radicales de corte “liberal”.
Klein demuestra cómo los gobiernos de estos países se han valido de
catástrofes naturales, guerras, crisis económicas y golpes de estado
como excusa perfecta para establecer una por una estas medidas.
Aprovechando la situación de caos y la incapacidad para reaccionar de la
ciudadanía, se han adoptado reformas económicas que, en circunstancias
normales, hubieran provocado un importante rechazo social. En todos
estos casos, la clave del éxito a la hora de aplicar soluciones tan
extremas residió en hacerlo súbitamente, en muy poco tiempo, como si se
tratara de aplicar una terapia de electroshock a un enfermo.
Este programa económico nace de las teorías del libre mercado expuestas por Milton Friedman en los cincuenta y seguidas por la Escuela de Chicago.
Radicalmente opuesto al pensamiento keynesiano, consiste en apartar al
Estado todo lo posible de la actividad económica de un país. Entendiendo
la Economía como una ley natural, lo mejor es dejarla evolucionar y
desarrollarse por sí sola, desregularizando, privatizando todos
los activos públicos, levantando el control sobre los precios, incluso
los de los productos básicos, y bajando los impuestos. Reduciendo, en
definitiva, el gasto público a su mínima expresión.
Desde
su puesta en práctica por primera vez en Chile, en 1973, tras el golpe
de estado de Pinochet, el programa del capitalismo del desastre se fue
aplicando punto por punto en otros casos posteriores: la Argentina de
Videla, la crisis de Polonia en 1990, el fin del Apartheid y la transición política en Sudáfrica, la caída del comunismo en Rusia, el desastre del Katrina en
Nueva Orleans, la Guerra de Irak. Parece demasiada casualidad, pues,
que la reforma liberal haya venido precedida siempre de algún tipo de
desastre. La pregunta que cabría hacerse es si en el fondo no interesa
que se produzcan estos desastres.
"Esperar a que se produjera una crisis de primer orden o estado de shock, y luego vender al mejor postor los pedazos de la red estatal a los agentes privados, mientras los ciudadanos aún se recuperaban del trauma, para rápidamente lograr que las "reformas" fueran permanentes."
Coincidamos
o no con la denuncia de la autora, no podemos negar la ingente labor de
documentación y el concienzudo análisis que llevó a cabo a lo largo de
los años que duró su investigación. Durante este tiempo Naomi Klein
visitó la mayoría de los países estudiados, se entrevistó con testigos
de los sucesos y desmenuzó tanto los programas económicos de cada
gobierno como los resultados que arrojaron. La conclusión en todos los
casos es la misma: el resultado de aplicar la doctrina del shock es
positivo sólo para la oligarquía financiera y empresarial, ya que la
población, lejos de mejorar su calidad de vida, se empobrece. Como
posible solución, Naomi Klein opta por abrir una tercera vía, un
camino intermedio entre el capitalismo salvaje y el socialismo
estatalista. Esperemos que alguien la investigue.

