17 agosto 2010

El pisito: novela de amor e inquilinato, de Rafael Azcona

Leire Frisuelos

El escritor y guionista Rafael Azcona es una de las figuras más destacadas del cine español. Trabajó con directores de la talla de Marco Ferreri, García Berlanga, José Luis Cuerda y Pedro Olea, participando en un buen número de películas que marcarían hitos en la historia de nuestro cine: El verdugo, La vaquilla, Plácido, El bosque animado, La lengua de las mariposas, etc. Aunque su faceta literaria, que desarrolló durante los años cincuenta, es menos conocida, su obra narrativa pone de relieve a un habilidoso escritor con un estilo propio, marcado en todo momento por la intención humorística.

Azcona, que comenzó su carrera como colaborador de la revista La codorniz, escribió varias novelas en la década de los cincuenta en las que dirige su mirada sobre las situaciones de la vida cotidiana, exagerando ciertos rasgos para potenciar su lado cómico y estrafalario. Es el suyo un realismo pasado por el tamiz de lo caricaturesco, que se aleja completamente del realismo social imperante en la narrativa de la época, donde había poco espacio para el humor.

En El pisito (1957), Rodolfo y Petrita no pueden permitirse el alquiler de un piso en Madrid para hacer realidad el sueño de vivir juntos. Rodolfo está realquilado en casa de Doña Martina, una anciana de ochenta años que posee un contrato de alquiler de renta antigua. Como solución a sus problemas, Petrita propone casar a Rodolfo con la vieja, con el fin de que éste herede el contrato del piso a su muerte. La precaria situación de estos personajes, producto de la coyuntura económica y social de la España franquista, está presente en un segundo plano, velada tras el virtuosismo de Azcona para crear situaciones delirantes.

Aunque Rodolfo y Petrita protagonizan El pisito, en muchos sentidos la novela funciona como obra coral: baile de personajes que entran y salen de escenas en las que tienen lugar acciones simultáneas hábilmente orquestadas. En este aspecto cobra importancia el empleo del diálogo rápido y brillante, base sobre la que se construye la novela, a través del cual Azcona deja patente sus dotes de observador y su extraordinaria capacidad para recrear el habla coloquial del Madrid de los cincuenta, chascarrillos de taberna y cháchara vecinal incluidos.

En la taberna se sentía la proximidad de la Monumental [...] y olía apestosamente a gallinejas o a algo peor; en el mostrador discutían dos empleados de banca -uno del Español de Crédito y otro del Central- a cuenta de cuál de las dos entidades tenía la cartera más fuerte, y en una de las mesitas del fondo una morenaza con un diente de oro -la mujer del dueño- les servía anís a unos taxistas que jugaban al mus.
Esta novela de amor e inquilinato, que Marco Ferreri llevaría al cine con guión del propio Azcona, es ante todo un libro para reír durante varias horas, pero es también el fracaso de una relación de pareja, un retrato de ambientes, la historia de unos personajes un poco patéticos que sobreviven como pueden en el Madrid franquista de mitad de siglo y, sobre todo, es una brillante creación literaria del siempre imprescindible Azcona.

Azcona en la Biblioteca