21 octubre 2010

Dewey, la historia real de un gato bibliotecario

Pep Burgoa

Si es de los que piensan que las historias de animales -o en las que un animal adquiere un singular protagonismo- son meros relatos para niños o a lo sumo, para almas cándidas más o menos alejadas de la dura realidad, este libro no es para usted, aunque tal vez podría darse una oportunidad y leerlo, por si acaso.

La obra que ahora me gustaría recomendarles lleva por título Dewey, y su autora es Vicki Myron, en colaboración con Bett Witter. La historia, como casi todas las historias reales, es simple sólo en apariencia, y abarca desde un gélido amanecer de enero de 1988, en que la directora y una empleada de la biblioteca pública de la pequeña población de Spencer (Iowa) advierten la presencia de un gatito aterido, sucio y famélico en el buzón de devoluciones hasta su muerte, en 2006. Casi veinte años son muchos años, no sólo en la vida de un gato, sino en la de una biblioteca y en la de los habitantes de la ciudad que la alberga.

Vicki Myron, autora principal del libro y directora de la biblioteca de Spencer durante todo el período que abarca el relato, es una mujer que se graduó tardíamente, fue madre soltera, se divorció de un marido alcohólico y padeció durante esos casi veinte años graves problemas de salud. No da el perfil, por tanto, de alguien propenso al sentimentalismo fácil ni mucho menos, a la sensiblería. Tal vez convenga aclararlo en un país, como el nuestro, poco proclive, en términos generales, al afecto, respeto y ya no digamos empatía hacia los animales.

A través de sus páginas, la autora narra sus propias vicisitudes como profesional, madre y ciudadana y las de la comunidad a la que sirve. Años duros de reconversión, con las grandes compañías al acecho hasta adueñarse de buena parte de los recursos de la ciudad e imponer sus nuevas reglas económicas, sociales y laborales. Años en los que la propia biblioteca transita sin tregua hacia el mundo tecnológico, cambiando de raíz sus métodos, instrumentos y tareas sin dejar por ello de ser lo que, en el fondo, todos quieren que siga siendo.


Y en medio de este torbellino, Dewey Readmore Books -su nombre completo-, un gato al que, aunque su dueña insista en atribuir, como es natural, un carácter excepcional -¿y qué “madre” no lo haría?- es, como casi todos los gatos a los que se concede una oportunidad, a la vez sociable y solitario, inquieto e hipnótico, modesto y cautivador.
Desvelar las múltiples anécdotas que de la vida de nuestro gato se narran en el libro sería estropear su lectura, de modo que no lo haré. Baste señalar que nunca hubo mejor campaña de marketing bibliotecario, acaso porque no se diseñó ni planificó, sino que ocurrió de forma casual e involuntaria; que nunca los niños y los ancianos -esas dos etapas de la vida en las aún no se tienen o se han abandonado definitivamente los prejuicios- frecuentaron tanto una biblioteca ni se sintieron tan a gusto en ella; que jamás un empleado acudió con menos reticencias a su lugar de trabajo, incluyendo, por turnos, los días festivos, porque los animales, como nosotros, también comen y se alegran de nuestra presencia en esos días; que la vida y la muerte son la única certeza que tenemos y que si un simple gato es capaz de realizar todos y cada uno de esos milagros, merece no sólo nuestra ternura, sino también nuestra admiración.

Dewey Readmore Books, cuyo nombre evoca al de Melvil Dewey (1851-1931), el ilustre bibliotecario creador del sistema de clasificación decimal que lleva su nombre, no es un personaje de ficción. Por eso nunca salvó la vida a nadie, aunque muchos de los que lo conocieron aseguren que contribuyó a mejorar las suyas. Tampoco moralizaba, como esos protagonistas, relamidos e impostores, de las fábulas y demás monsergas ejemplarizantes. Ni siquiera delataba a los infractores, como hubiera hecho cualquier perro policía. No, Dewey sólo paseaba su peluda anatomía a lo largo y ancho de SU biblioteca (no duden de que era suya, sólo que aceptaba compartirla) con la majestuosa y, por eso mismo, un tanto cómica indiferencia de los felinos.

En su larga vida, sólo una vez se escapó de la biblioteca. Apareció tres días después, oculto bajo un automóvil y muerto de miedo tras comprobar cómo es el mundo ahí afuera. Ya tuvo bastante. Y eso que, pese a su aparente vida regalada, Dewey tenía asignadas, por parte de la Dirección, un buen número de tareas, tales como:

Reducir el estrés de los humanos prestándoles atención.
Sentarse a las puertas de la biblioteca cada mañana a las 9.00 h. para dar la bienvenida al público.
Inspeccionar todas y cada uno de las cajas ingresadas en la biblioteca, con el fin de detectar problemas     de   seguridad y niveles de confort.
Asistir a todas las reuniones en calidad de embajador oficial de la biblioteca.
Proporcionar, en la medida de lo posible, entretenimiento al personal y a los visitantes de la biblioteca.
Aposentarse sobre mochilas y carteras mientras los usuarios trataban de recuperar, no sin dificultad,    papeles y documentos necesarios para el estudio.
Generar publicidad nacional e internacional para la Biblioteca Pública de Spencer, lo que incluía posar para fotógrafos, sonreír ante las cámaras y, en general, mostrarse encantador.
Trabajar duro por alcanzar el estatus de gato más remilgado del mundo, rechazando aquellos alimentos que no fueran los más caros y exquisitos, e incluso, no pocas veces, desdeñando los mejores.

Las autoridades municipales de Spencer, que toleraron, no sin reticencias, la presencia de Dewey en la biblioteca y se beneficiaron de su posterior fama sin asignar un centavo a su manutención, que fue siempre asumida por el personal de la biblioteca o por patrocinadores interesados, trataron de retirarlo -daba, según ellos, “mala imagen”- cuando su aspecto dejó de ser, con el paso del tiempo, el de un gato lustroso y pletórico. Por fortuna, no lo consiguieron, y Dewey llegó al final de sus días sin abandonar su querida biblioteca. Cuando el  tumor que se le había extendido se reveló incurable, una mano compasiva le aplicó la eutanasia el 29 de noviembre de 2006. La ausencia de Dewey se hizo tan palpable y dolorosa para la directora de la biblioteca que solicitó y obtuvo la jubilación. Haciendo de la necesidad virtud, Vicki Myron nos ha legado este precioso libro que ahora espero que les emocione, como me conmovió a mí y a millones de lectores de todo el mundo.

La biblioteca pública de Spencer no ha vuelto a tener gatos en plantilla. Sin embargo, no se trata de una experiencia aislada. En la página web de Iron Frog Productions, existe un censo de los gatos de los que se sabe que viven o han vivido en bibliotecas públicas, universitarias o de investigación. En total, alcanzan la cifra de 808, de los cuales 663 en los Estados Unidos y el resto en países tan dispares y distantes como Australia, Francia, Nueva Zelanda, Croacia, Canadá, Reino Unido, Islandia, Italia, Hungría, Alemania, Letonia, Holanda, Portugal, Sudáfrica, Namibia, Ucrania, Rusia o Japón. No se tiene constancia de gatos “oficialmente” residentes en bibliotecas españolas, aunque, de haberlos, a muchos nos gustaría saber de ellos.

Como sucede a menudo con los best-sellers, la historia de Dewey está a punto de saltar a la pantalla, con Meryl Streep en el papel de Vicki Myron. Habrá que esperar a ver los resultados y confiar en que Dewey, el auténtico protagonista, haya sido emulado con talento y verosimilitud por alguno de sus congéneres.

Por último, quien desee saber algo más acerca de Dewey y, sobre todo, verlo en acción, puede consultar las siguientes páginas web:

  Biblioteca Pública de Spencer
  Reportaje de la CBS
  Iowa Public Television 
  Recordando a Dewey 

Myron, Viky. Dewey: lee más libros. Madrid, Suma de letras, 2009.