02 noviembre 2010

Viaje a la Palestina ocupada. Eric Hazan

 Leire Frisuelos

Eric Hazan, médico y director de la editorial francesa La Fabrique, realizó entre mayo y junio de 2006 un viaje a Cisjordania. Hijo de padre judío y madre palestina, Hazan recoge en este libro las notas de su viaje.


A lo largo de las apenas ciento veintiocho páginas de este libro de pequeño formato editado por Errata Naturae, asistimos al recorrido que su autor realiza a través de tres ciudades, Nablus, Qalqilya y Hebrón, en busca de los testimonios de personas cuyas voces rara vez cuentan con espacio en los medios de comunicación. Médicos, políticos, madres de familia o comerciantes comparten sus experiencias cotidianas mientras tratan de llevar una vida normal en circunstancias extraordinarias. Así, entre la pluralidad de entrevistados, encontramos a un fabricante de jabones que expone las grandes trabas que encuentra para distribuir sus productos y sacar adelante su negocio; una madre que explica el doble castigo que significa no poder visitar a su hijo preso; un habitante de un campo de refugiados, militante de Hamás, que analiza desde su perspectiva la situación política del territorio; o un profesor que cuenta lo complicado que es enseñar en Palestina a un grupo de alumnos que existe algo llamado Carta de derechos humanos.

Las tres ciudades elegidas se ven sometidas a distintos tipos de cerco, descubriéndonos el exilio interior en el que viven los habitantes de Cisjordania.  A este respecto sostiene Hazan que en Palestina no hay una situación de tranquilidad porque, incluso en periodos de supuesta “paz”, existe un estado permanente de ocupación en forma de puestos de control, de colonos radicales, de asedio y aislamiento: el castigo es colectivo y para toda la población. Así, por ejemplo, en las cercanías de Nablus, ciudad en la que comienza el viaje, la carretera directa para acceder a la población de Burrine, situada a tres kilómetros de distancia, está cortada, de modo que hay que dar un rodeo de veinte kilómetros hasta llegar al puesto de control correspondiente y poder entrar al pueblo; situación que se repite una y otra vez a lo largo de todo el territorio.


Es casi imposible vivir en Cisjordania sin móvil: la gente no queda, sino que se dice: “cuando pases el control me llamas”.
 
  El viaje continúa en Qalquilya, donde el muro de hormigón que rodea la ciudad hace la vida de sus habitantes bastante complicada, pero, lo que todavía llama más la atención, es la existencia de carreteras reservadas exclusivamente a colonos que a los palestinos les está prohibido utilizar. Hazan llega a Hebrón y descubre que las tiendas del antiguo mercado están cubiertas por una rejilla metálica, tendida de lado a lado de la calle, para evitar el impacto de  las botellas y adoquines que lanzan los colonos desde sus casas.

    Con este cuaderno de viaje, personal y fragmentario, su autor pretende ofrecer información de primera mano al lector occidental sobre una situación de la que no es frecuente obtener muchos datos y, los que se reciben, suelen haber pasado por demasiados intermediarios. Como el propio Hazan afirma en el epílogo, se podría decir de su libro que no ofrece una muestra representativa de la población palestina, y es cierto que su visión no es completa y que está compuesta de pinceladas sueltas aquí y allá; —en este sentido, el libro Palestina. El hilo de la memoria, de Teresa Aranguren, ofrece un panorama general del conflicto en todas sus dimensiones y es el complemento perfecto a este texto—.

Quizá el mayor valor de Viaje a la Palestina ocupada reside en su llamada de atención sobre una población que, alejada de hojas de ruta, fronteras o tratados internacionales, es tratada como si toda ella fuera culpable, en tanto que sociedad, de existir.

Más sobre Palestina en la Biblioteca