08 octubre 2013

El aire de un crimen, Juan Benet

Antonio Ortega
La obra entera y la escritura misma del autor de Volverás a Región, constituye una de las más claras excepciones en la historia de la novela y la literatura españolas de la segunda mitad del siglo XX. Una obra admirada casi hasta el exceso por unos y denostada hasta el aburrimiento por otros tantos. Bien es verdad que Juan Benet (Madrid, 1927-1993) es autor de una escritura que, además de su alta densidad y calidad literaria (siempre abogó por el estilo como mejor y única definición del escritor), sobresale también por una cierta oscuridad y dificultad de lectura propiciada, esencialmente, por la aparente falta, en sus novelas, de un argumento y de una intriga tratados al modo tradicional.  En 1980 aparecen dos de sus libros más significativos: Saúl ante Samuel, para muchos su mejor novela, incluso hubo críticos que la calificaron, no sin razón, de obra maestra; y El aire de un crimen, que fue finalista del Premio Planeta de ese mismo año, una novela acaso más legible y accesible para el lector, menos oscura y difícil. Lo cual no quiere decir que no sea, además de cualitativa y literariamente sobresaliente, perfectamente coherente con el resto de sus novelas, esas que definen uno de los modos de narrar más apasionantes de la novela española del pasado siglo. Como el propio Benet comentó, la redacción y presentación de El aire de un crimen al Premio Planeta, fue el resultado de un reto: “Una noche yo volvía a casa un poco picado porque un grupo de amigos habían asegurado, ante mí, en una reunión, que yo no era capaz de escribir una novela digamos comprensible. Ni era lo mío ni era capaz, decían. Entonces me metí en una novela de acción, cuya longitud me llevó a mecanografiar treinta páginas que, ciertamente, metí en un cajón. Al cabo de un par de meses decidí seguirla. Y después creí que esa obra era una prueba de fuego ante el público. Por eso decidí presentarla”. A pesar de todo, esta novela es tan benetiana como el resto de sus textos narrativos.
El aire de un crimen pone de manifiesto las investigaciones de uno de sus personajes, el capitán Medina, en torno a las circunstancias que rodean un presumible y supuesto asesinato tras la aparición de un cadáver en la plaza de Bocentellas, uno de los pueblos de Región, el escenario mitad real mitad imaginario donde se sitúan la mayor parte de la novelas de Benet. Un cadáver que, misteriosamente, es luego sustituido por otro. A este suceso se suma la fuga de dos reclutas del fuerte de San Mamud. A raíz de las búsquedas e indagaciones propiciadas por ambos hechos, van a ir apareciendo en el relato una serie de personajes que, curiosos y extraños, impenetrables y huraños, y en su aparente linealidad, se funden y amalgaman perfectamente con la geografía de Región, que además de telón de fondo geográfico, es un personaje más de la novela. Estos sucesos alteran y desbaratan, durante el tiempo en que tienen lugar, la lánguida y postrada realidad de un mundo y unos personajes sumidos en un clima de aparente y figurada decadencia y declive, que es soliviantado por la muerte y la violencia, desde la violación al asesinato, y que estaban escondidos debajo de la fingida normalidad de la existencia.  Una historia mostrada de forma casi caleidoscópica, desde los diferentes personajes que en ella participan, con continuos cambios de tiempo y lugar. Una narración más diáfana que la de otras historias benetianas, que ofrece el resultado paradójico de la complejidad dentro de su supuesta facilidad: el lector va a tener cierta sensación de incertidumbre, casi de desconocimiento, de ir siempre por detrás de lo contado, de alcanzar conclusiones solo después de acabar la lectura de sus capítulos o, casi obligado, después de releer ciertos tramos y pasajes.
Muchos han incluido esta novela dentro del género policíaco, esencialmente porque la intriga es uno de sus componentes principales. Y si así lo fuera, desde luego no es una novela negra dentro de los parámetros y características propias del género. Recuerda mucho en este sentido a otra novela también adscrita al relato de detectives, como es El revés de la trama, de Graham Greene, una historia que, subvirtiendo las estipulaciones específicas de este tipo de narraciones, hace posible que el policía, el asesino y el asesinado sean la misma persona. De igual modo, El aire de un crimen distorsiona, quiebra y recompone la disposición clásica de la novela policíaca gracias a las estructuras formales y conceptuales de las que hace gala Benet, sobre todo en los métodos y procesos que articulan el “descubrimiento” de la verdad: todo aparece aquí en movimiento, nada es definitivo, y casi siempre en disolución. Es una narración sin meta, donde el misterio acaba siempre por subsistir acaso alimentado, como el propio Benet nos dice al hablar de su preferencia por los relatos de mar frente a los relatos de suspense, por “esa impenetrable e incesante movilidad de un medio al que el hombre se asoma ansioso de anticipar su tumba”. Una novela que finalmente se hace fatalista casi, pues se hace difícil poder alcanzar una posibilidad de conocer la verdadera realidad y la naturaleza misma de la razón: la principal lucha del capitán Medina es, precisamente, contra las manifestaciones de lo irracional. Una lucha vana, abocada al fracaso y a las circunstancias. Así lo dice uno de los personajes, Tinacia, la última habitante de la casa de Mazón: “Siempre mandan las circunstancias. Ya podrá usted ser el mejor de los hijos del mundo que si las circunstancias le obligan a ello, no tendría más remedio que matar a su madre”. Como puede verse, esta novela va más allá de los límites naturales del género policíaco o detectivesco, pues el enigma al que se busca solución y explicación, nunca alcanza desenlace ni conclusión. Va a ser el propio lector, realizando un esfuerzo ahora sí detectivesco, el encargado de reconstruir la acción y alcanzar un (su) posible final.
Entre otros, Javier Marías viene a decirnos que El aire de un crimen es un libro tan misterioso y sobrecogedor como Santuario, de William Faulkner. Una compañía que Juan Benet asumiría con gusto, aun cuando llegara a decir, a propósito de esta novela suya, que “cambiando lo que se deba cambiar, ni yo soy Faulkner ni mi obra es Santuario”. El lector habrá de ser, finalmente, quien alcance la luz del enigma, aunque sea desde las sombras.
En la Biblioteca Central: El aire de un crimen Juan Benet. Prólogo de Félix de Azúa. Madrid : Espasa-Calpe, 1994. Signatura: 860-31"19"BEN (5ª planta)