29 marzo 2014

Piedra de sol. Octavio Paz (I)

Antonio Ortega

Las Obras Completas de Octavio Paz (que pasa por ser una obra más entre las suyas en tanto que fue él mismo quien las preparó, organizando los libros, los artículos y una serie de textos sueltos que fue incorporando por temáticas) alcanzan en la edición de Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, nada menos que ocho extensos y gruesos volúmenes. Como le corresponde a quien fue, como afirma Elena Poniatowska, “un hombre que vivió para las letras”, queda claro que su legado es inmenso e indiscutible, y su obra entera el fruto de una labor de escritura que transitó todos los géneros, campos artísticos y literarios: poesía, ensayo, crítica, edición (fundador de dos revistas esenciales como fueron Plural y Vuelta), traducción... Una práctica de escritura que está hecha por un doble movimiento de decir y desdecir, donde la teoría, la reflexión y el pensamiento logran confirmación en los textos poéticos y más estrictamente literarios. Pero aún más allá, cada una de sus obras tiene la capacidad de ser y de hablar por ella misma, por encima incluso de las creencias y opiniones de su autor.
   
    Si hubiera que elegir de entre su monumental obra una en concreto, la tarea sería no ya difícil, sino casi imposible. Pero si Paz destaca en algo, sin por ello menospreciar cualquier otro desarrollo de su escritura, es por su obra poética y ensayística, muchas veces en pugna, pero ambas contribuyendo a hacer de su obra, y desde ella misma, un sistema propio y reconocible. Por eso es casi imposible decidirse por el Paz ensayista o por el Paz poeta, pues los dos se complementan, son las dos caras de una misma escritura. Ahí están para demostrarlo libros de ensayo, entre otros muchos, tan decisivos como El laberinto de la soledad (1950), El arco y la lira (1956), Los hijos del limo (1974), La llama doble (1993), Vislumbres de la India (1995), y sobre todo, como una luz ejemplar, Sor Juana Inés de la cruz o las trampas de la fe (1982). Pero por encima de todo, como bien afirma Julio Ortega, una poesía que “está escrita como si la poesía fuese el último de los sentidos”.

     Si otro grande como Rubén Darío había dicho “Yo busco una forma…”, es decir, la identidad del sujeto en el lenguaje, lo que Octavio Paz buscaba era, de nuevo en palabras de Julio Ortega, “un centro articulatorio, un afincamiento en el sentido, no sólo en la convicción poética, sino en una significación que hiciera del arte la verdadera conciencia del ser y del estar, del pensar y actuar, del hablar y callar”. Y a eso convocan sus grandes poemas, algunos ya ejes centrales de la literatura moderna, y entre ellos Libertad bajo palabra (1935-1957); Blanco (1966), un inmenso y grandísimo poema, escrito originalmente en tres columnas que permiten diferentes lecturas; Ladera este (1962-1968), que recoge su producción poética en la India, donde fue embajador de México; El mono gramático (1970), poema en prosa que funde reflexiones filosóficas, poéticas y amorosas; Pasado en claro (1974); o Árbol adentro (1976-1988), uno de sus últimos libros poéticos. El volumen VII de sus Obras Completas, dedicado a la poesía, incluye también, como no podía ser de otra manera, sus Versiones y Diversiones, que reúnen la totalidad de sus impagables e inolvidables traducciones, poemas a partir de otros poemas en otras lenguas que Paz hace y considera suyos.