05 abril 2014

Piedra de sol. Octavio Paz (II).

Antonio Ortega

Libertad bajo palabra incluye cinco secciones o partes, a saber: Bajo tu clara sombra; Calamidades y milagros; Semillas para un himno; ¿Águila o sol?; y La estación violenta. En esta última se incluye Piedra de sol, un poema del que llegó a hacer varias ediciones, con sucesivas correcciones, omisiones y reposiciones. Quizás este sea el poema más ineludible de Octavio Paz, tanto que ha inspirado un sinnúmero de lecturas e interpretaciones. Sin duda alguna, siendo como es una de las más grandes construcciones de la modernidad hispanoamericana y uno de sus pilares fundacionales, es también uno de los pocos poemas que ha logrado transformar la modernidad creativa internacional. Una obra cuya importancia histórica es comparable, como defiende Pere Gimferrer, a la que La tierra baldía (The waste land) de T. S. Eliot ha tenido para la lengua inglesa.

Piedra de sol es un poema único y continuo, unitario, y a la vez circular, pues empieza y acaba del mismo modo y con los mismos versos. Un poema que hace suyas la interacción y la unidad de los contrarios, donde
“vislumbramos / nuestra unidad perdida, el desamparo / que es ser hombres, la gloria que es ser hombres / y compartir el pan, el sol, la muerte, / el olvidado asombro de estar vivos”.
 Según confesión del propio poeta, Piedra de sol refleja tres preocupaciones esenciales: su vida personal, las experiencias de su generación y la búsqueda de una visión del tiempo y de la vida. Historia, realidad y secreta intimidad juntas en un poema que hace suyos un tiempo y un espacio especiales en los que la experiencia es capaz de existir siempre, como esa nostalgia de nuestra esencial soledad humana que sus versos recrean constantemente:
“No hay nada en mí sino una larga herida, / una oquedad que ya nadie recorre, / presente sin ventanas, pensamiento / que vuelve, se repite, se refleja / y se pierde en su misma transparencia, / conciencia traspasada por un ojo / que se mira mirarse hasta anegarse / de claridad”.


Piedra de sol quiere captar el instante con palabras que a veces se quedan al borde del lenguaje, y por eso el poema viene a reflejar esa angustia propia de la búsqueda:

“busco sin encontrar, busco un instante, / un rostro de relámpago y tormenta / corriendo entre los árboles nocturnos / (…) busco sin encontrar, escribo a solas, / no hay nadie, cae el día, cae el año, / caigo en el instante, caigo a fondo, / invisible camino sobre espejos / que repiten mi imagen destrozada”.


Ese encuentro con el instante crea también una voz poética que, hasta ese momento desconocida, es capaz de desprenderse del sí mismo para adentrarse en ese “otro sí mismo”:
“arde el instante y son un solo rostro / los sucesivos rostros de la llama, / todos los nombre son un solo nombre, / todos los rostros son un solo rostro, / todos los siglos son un solo instante / y por todos los siglos de los siglos / cierra el paso al futuro un par de ojos”.
 Lo que este inolvidable poema logra ofrecernos es la visión de lo otro, de la incertidumbre de nuestra condición humana, pero no sólo ante la disyuntiva de la vida o la muerte, sino ante la posibilidad de una existencia total:
 “nunca la vida es nuestra, es de los otros, / la vida no es de nadie, todos somos / la vida -pan de sol para los otros, / los otros todos que nosotros somos-, / soy otro cuando soy, los actos míos / son más míos si son también de todos, / para que pueda ser he de ser otro, / salir de mí, buscarme entre los otros, / los otros que no son si yo no existo, / los otros que me dan plena existencia”. 
Toda experiencia de lo otro, es siempre una experiencia de nosotros mismos. De nuevo Pere Gimferrer viene a resumir la naturaleza de este gran poema: “Piedra de sol es una vasta metáfora de lo que esencialmente constituye la operación de la lectura de cualquier poema: un camino hacia un instante detenido, que rehacemos siempre del mismo modo, para ver siempre el mismo instante, cada vez que leemos de nuevo el poema”. Siempre en movimiento, el lector buscará la imagen de su propia vida, buscará la imagen de su propia fijeza. Quien lea este poema pronto sabrá que es una verdadera obra maestra, y que siempre será uno de los grandes poemas de la lengua castellana, gracias a unos versos tan irrepetibles que hacen irrepetible un poema “que exprime la sustancia de la vida”. José Emilio Pacheco, el recientemente fallecido Premio Cervantes, dijo una vez que guardaba tres ejemplares de Piedra de sol: “uno para leer, otro para releer y el último para ser enterrado con él”. Y seguro que así ha sido.


Octavio Paz. Piedra de sol. Barcelona: Mondadori, 1998. Lectura de Pere Gimferrer. Colección Lecturas de Poesía, 1.
Octavio Paz. Obras completas. Vol. VII. Obra poética (1935-1998). Barcelona : Galaxia Gutenberg : Círculo de Lectores, 1999-2005