19 agosto 2014

Se cumplen 2.000 años de la muerte de Augusto

Hoy se cumplen dos mil años de la muerte de Cayo Julio César Augusto, más conocido como Augusto, el primero de los emperadores romanos y, seguramente, el más importante de ellos. Augusto murió en la ciudad de Nola, cerquita de Nápoles. En su reinado, el más largo de todos los emperadores romanos, se alcanzó la edad de oro de la filosofía y las letras romanas (Virgilio, Ovidio, Tito Livio,  Horacio…) convirtiendo su época en la de mayor florecimiento cultural romano. Su huella en Hispania no fue menos importante, muchas ciudades llevan su nombre (Zaragoza, Mérida…), y consiguió, después de dos siglos de conquista, la pacificación de la Península Ibérica tras la conquista de las tierras de cántabros y astures, las últimas que se resistían al invasor romano. Para rememorar su deslumbrante figura nos proponemos recomendar algunos de los libros que tratan sobre ella y que podréis consultar en la Biblioteca Central de la UNED.

Augusto, de Pat Southern. Editorial Gredos. 1998   (937 SOU)

Esta biografía no solo repasa cronológicamente su vida y su obra con detalle, su imparable ascenso al poder y su largo reinado, sino que además permite descubrir al hombre que se esconde tras sus actuaciones y sus decisiones, oculto tras la deliberada estrategia de poder que permitía que su personalidad pública se ajustara a las circunstancias políticas del momento. Un meticuloso trabajo que profundiza en uno de los períodos más esplendorosos de la Antigüedad, examinando también en cada momento clave la personalidad de su mayor artífice, su manera de pensar, su ideología y su perspectiva personal sobre los acontecimientos.




El siglo de Augusto, de Pierre Grimal. Editorial Crítica. 1955   (937 GRI)

El prestigioso especialista, latinista y filósofo de la antigua Roma, Pierre Grimal, repasa brevemente la historia de Roma desde la muerte de Julio César en el 44 a.C. hasta la muerte de Augusto en el 14 d.C. Período que supuso una renovación política y administrativa, el apogeo del arte y la literatura latinas, una nueva concepción arquitectónica y la pacificación de los vastos dominios del imperio.







Augusto y el poder de las imágenes, de Paul Zanker. Alianza Editorial. 2005 (7.032.7ZAN)

Una de las cosas más destacables del gobierno de Augusto fue el uso de la imagen como instrumento de poder y de propaganda política. En esta fantástica obra se analiza la validez de las imágenes como fuente histórica y el estudio de los mensajes que éstas transmiten. Mensajes que llegaron a todo el Imperio y que catapultaron a Augusto como el gran emperador que Roma necesitaba.







Augusto y las aves, de Santiago Montero Herrero. Publicacions i Edicions de la Universitat de Barcelona. 2006

Las aves tuvieron un protagonismo esencial en la vida y sociedad romanas. En este libro se analiza dicha importancia, tanto en la vida privada como en la política y la religión.  Para Octavio Augusto también fueron importantes, tal y como cuentan las fuentes antiguas;  en su nacimiento estos animales anunciarían la grandeza que alcanzaría el recién nacido. También se recogen momentos destacados de su vida puestos en relación con algún prodigio o intervención de las aves y un interesante análisis de la presencia de éstas en los relieves del Ara Pacis.




Marco, el romano, de Mika Valtari. Editorial Edhasa. 1996

Y entre todos los libros recomendados nos gustaría incluir esta fantástica novela del escritor finés que, aunque no trata la figura del emperador, sí está ambientada en su época, concretamente en Judea. Marco el Romano nos narra la vida de un noble latino que ha huido de Roma perseguido por sus amores y su vida disoluta. La historia comienza cuando éste llega a Jerusalén el mismo día en que Jesús de Nazaret es crucificado. A partir de su encuentro con los Apóstoles, Marco encontrará el sentido de la vida que creía perdido. Un interesante reflejo del momento de crisis espiritual y religiosa que vivió el Imperio Romano durante los últimos años de la República y los primeros del Imperio, cuando muchos ciudadanos romanos volcaron su devoción en prácticas religiosas orientales, además del culto forzoso al Emperador.