27 febrero 2015

Historias de cronopios. Julio Cortázar

Leire Frisuelos

Pese a que el año Cortázar acaba de terminar con 2014, en esta Biblioteca nos gusta pensar que todos los años pueden ser años Cortázar. Por este motivo os traemos ahora la archiconocida Historias de cronopios, efeméride fuera de tiempo, una especie de "feliz no cumpleaños", como celebrara Alicia junto al sombrerero loco y compañía, confiando en que este hecho no desentona con el espíritu del libro.


Si algo destila este libro, es libertad creadora. El autor no se somete, no parece que esté pensando en agradar a nadie. En estos tiempos de postureo literario y resaca de narrador post-postmoderno, es reconfortante acercarse a textos escritos porque sí, sin condicionantes ni titubeos, con el propósito primero de divertirse el propio autor y, si de paso el lector también lo hace, tanto mejor, pero si no, tampoco importa demasiado, o al menos esa es la sensación que transmite Historias de cronopios. De esta libertad es de donde procede su fuerza y su convicción, su capacidad para crear un universo coherente y cerrado.

Historias de cronopios (1962) reúne una colección de relatos breves en los que Cortázar da rienda suelta al juego, esa constante en la obra del argentino que aquí se despliega sin cortapisas, ejerciendo de hilo conductor entre los diferentes textos. A lo largo de las cuatro secciones en las que se articula el libro, Manual de instrucciones, Ocupaciones raras, Material plástico e Historias de cronopios y de famas, que da título en parte al volumen, el lector entra en el juego cortazariano construido con humor, absurdo y surrealismo.

Cortázar plantea una lógica trastocada de los objetos y las acciones cotidianas, en las que introduce una mirada de extrañamiento conseguida al cambiar el foco habitual desde el que estos elementos son observados. Así, es capaz de ofrecernos instrucciones para subir una escalera, para dar cuerda a un reloj e incluso para llorar. El hallazgo en algunos de estos textos está en el grado de detalle en la descripción de procesos naturales, realizados casi de manera automática por el individuo. Además, el estilo científico y la prosa enciclopédica aplicados a hechos banales hacen despertar el humor donde parecía imposible encontrarlo:

“Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables.” 
En otras ocasiones, los objetos se personifican para poseer al ser humano y no al contrario, como en Instrucciones para dar cuerda a un reloj: ”no te hacen un regalo, tú has sido el regalado”.

Por otro lado, hay una presencia importante de lo inquietante y de la angustia, rasgo distintivo de algunos narradores latinoamericanos como Juan José Arreola o Felisberto Hernández:  así lo sentimos en relatos como Tía con miedo a caer de espaldas o Instrucciones para tener miedo. Ligado a la angustia aparece el absurdo, un elemento presente en toda la obra de Cortázar, que llevará a una familia a construir sin motivo aparente un patíbulo en la puerta de su casa durante varios días; o a infiltrarse en “velorios” de muertos desconocidos y desplegar toda una puesta en escena de compadecimiento y lloro frente a sus familiares y amigos porque sí.

El lector de esta obra debe entrar en el juego que propone el autor y debe hacerlo sin miedo, con confianza, dejándose llevar para poder formar parte de ese universo raro, y reírse, extrañarse e inquietarse a partes iguales. No se puede disfrutar este libro si no es de esta manera; es preciso volverse algo cronopio, quitarse el antifaz y los relojes y tener mucho cuidado al subir las escaleras.